
Por Sujeymarí Pérez Santiago
Pastoral Juvenil JoCoMi Guayama, Puerto Rico
Cuán difícil se nos hace muchas veces dejar de tocar esa herida, ¿verdad? ¿Cuántas veces hemos orado por una señal, y cuando Dios no las da, la ignoramos porque no es lo que queremos escuchar?
¿Cuántas veces no somos lo suficientemente valientes para salir de ambientes tóxicos en nuestra vida, únicamente porque creemos que podemos solos?
Cada día es una nueva oportunidad para comenzar de nuevo, cada día Dios nos da las herramientas para sobrepasar nuestras adversidades, pero de igual manera nos recuerda que debemos abrir nuestro corazón y aceptar Su voluntad.
Nos enfatiza que, en vez de introducir el dedo en la llaga una y otra vez, debemos tomar su mano y dejar que su amor nos sane.
Las heridas del alma siempre dolerán más que las heridas físicas. Siempre será más difícil escapar de ellas, así como entenderlas. Tomarse un tiempo no está mal, llorar o sentir coraje tampoco lo está.
Todo comienza a estarlo cuando eso nos aleja de Dios, en el momento en que nos cegamos por el sufrimiento. Pensamos que por echarle mucha agua a una planta o exponerla mucho al sol la estamos ayudando. Sin embargo, nos damos cuenta del daño tarde porque la planta se ahogó o se secó.
Viviremos muchas experiencias las cuales no entenderemos, nos cuestionaremos en varias ocasiones si estamos tomando la decisión correcta, pero de eso se trata, de tener fe en Dios y confianza en que para sanar esa herida debemos seguir hacia adelante.
Tendremos batallas que nos harán mirar hacia el pasado, mas debemos hacerlo únicamente para darnos cuenta de nuestro progreso y de cuanto hemos avanzado una vez dejamos de tocar esa herida, una vez dejamos de torturarnos con cosas que solo nos hacían daño, una vez nos dimos la oportunidad de sanar.
Aunque conocemos el significado literal de esta frase, muchas veces se nos hace difícil entenderlo metafóricamente.
El que no se trata de nuestras heridas físicas, sino de nuestras heridas espirituales. Esas que no sanan con triple antibiótico, alguna prescripción médica o algún té de la abuela, sino que sanan con la presencia y aceptación genuina de Dios en nuestras vidas.

